La cueva de Santa Llúcia: un hospital de campaña

La infermera Margaret de Culpeper consola un pacient al costat de la cova. Aquest hospital de 150 llits tenia dos nivells, un per als pacients republicans i un altre per als nacionals. Prop de la Bisbal de Falset, a principis d’agost del 1938 © The Estate of Alexander Wheeler Wainman, Serge Alternês (John Alexander Wainman)
La enfermera Margaret de Culpeper consuela a un paciente | Alec Wainman

La intensidad de los combates, los bombardeos constantes y el elevado número de bajas en la batalla del Ebro, obligaron a buscar lugares seguros y discretos lejos de las líneas de fuego, y las cuevas naturales de la Terra Alta ofrecían unas condiciones mínimas de protección frente a la aviación enemiga.

La cueva de Santa Llúcia, una cueva ancha y poco profunda, cerca del pueblo de la Bisbal de Montsant, fue elegida por las Brigadas Internacionales, para habilitar un hospital de campaña, por la práctica imposibilidad de ser destruida por los raids aéreos de las fuerzas franquistas, así como por su relativa proximidad a la zona de la zona del valle del Ebro donde debía llevarse a cabo la ofensiva republicana, el 25 de julio de 1938.

Allí se hicieron curas de todo tipo, tanto a los soldados republicanos como a los prisioneros de guerra o a la gente de los pueblos afectados por los bombardeos, y también se improvisaron unas dependencias comunitarias para los médicos y los enfermos. 

" Nunca olvidaré el Ebro; si ibas a dar una vuelta por los alrededores de la cueva,
podías sentir el olor de la muerte
— Winifred Bates, una mujer británica que trabajó allí

Una infermera voluntària australiana Ada Hodson i un metge republicà atenen un soldat gallec | Alec Wainman
Una enfermera voluntaria australiana Ada Hodson y un médico republicano atienden a un soldado gallego | Alec Wainman


En la cueva de Santa Llúcia se instalaron servicios de cirugía y transfusión de sangre y un centenar de camas, y se abasteció electricidad al espacio gracias a un generador. Fueron atendidos soldados de ambos ejércitos y también civiles, y trabajó personal sanitario de nacionalidades diversas. El equipo médico que trabajó allí fue enviado por el Comité de Ayuda Médica para España, de Gran Bretaña. El personal comprendía al cirujano jefe del equipo, un ayudante de cirujano, dos anestesistas para poder operar en dos mesas a la vez, enfermeras y ayudantes diversos. Todo este equipo material y humano disponía de dos vehículos de transporte: una ambulancia para el personal y un camión en el que iba toda la instalación de una sala móvil de operaciones.

Los heridos llegaban a la cueva de Santa Llúcia después de largas horas de traslado, a menudo a pie, en literas o en carros improvisados. Muchos de ellos presentaban heridas graves causadas por metralla, disparos o explosiones, llegando exhaustos, con dolor y miedo. La cueva se transformó en un hospital de campaña rudimentario, en el que sanitarios militares, enfermeras y vecinos del pueblo colaboraban con los pocos recursos disponibles. La falta de medicamentos, material quirúrgico y condiciones higiénicas hacía que cada intervención fuera un reto y que la supervivencia dependiera a menudo de la rapidez y el ingenio.

En la cueva de Santa Llúcia, el tiempo parecía detenerse. Fuera estaba la guerra; dentro, la lucha por la vida. Nadie preguntaba quiénes eran aquellos hombres, de dónde venían o a qué bando pertenecían. Sólo eran heridos. Entre sombras, sudor y esperanza, ese refugio se convirtió en un espacio donde el sufrimiento y la solidaridad andaban juntos.


" Es tan difícil hacer un hombre y tan fácil enviarlo a la muerte!
Winifred Bates, una mujer británica que trabajó allí
 
Cova hospital de Santa Llúcia a principis d'agost del 1938

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